Algún día, me miraré en el espejo y te evocaré de inmediato.
Enérgico, impasible, implacable, y sin el menor signo de debilidad.
Sentiré lástima por aquellos que, en su eterno letargo, sólo ven reflejadas sus ansias terrenales. Me compadeceré de los que andan sumidos en la oscuridad de la desesperación, y cuya belleza interior se resiste a aflorar.
Me miraré en el espejo con la inestimable certeza de que tu sonrisa cómplice no se tornó jamás en una mueca de resignación.
Resignación ante el inexorable paso del tiempo, ante la llegada de un día que te privase de tu máxima virtud...

Veré en tu mirada los destellos de una pasión todavía por saciar, y ambos sonreiremos.
Hallaré en la viveza de tu rostro el deseo de comerte el mundo, y con mísera cautela cercar sus múltiples senderos.

Algún día, cuando sea viejo y sabio, percibiré el áspero tacto de un desconocido acariciando mi mano. Tanteando mi rostro. Sondeando mi mente. Sólo entonces, en el último anochecer de mi memoria, verteré la única lágrima que tanto tiempo anduvo recluida en mi ser.